Hace años, en una pequeña tienda de instrumentos musicales, trabajaba un vendedor llamado Álex. No era el más técnico ni el que mejor conocía cada producto, pero tenía un don especial: veía el potencial en cada cliente.
Un día, entró un niño con su madre. Miraba fijamente una guitarra, pero no se atrevía a tocarla.
—¿Te gusta? —le preguntó Álex.
—Sí… pero no sé tocar —respondió el niño, encogiéndose de hombros.
La madre intervino:
—No sé si vale la pena comprarla, seguro que se cansa en dos semanas.
Álex sonrió y tomó la guitarra. Tocó un par de acordes y luego la puso en manos del niño.
—Cierra los ojos —le dijo—. Imagínate en un escenario, con cientos de personas aplaudiendo. Sientes la música en las venas. ¿La oyes?
El niño asintió con una sonrisa.
—Pues todo empieza aquí, con este primer acorde.
El niño apretó las cuerdas, hizo un sonido extraño y se rio. Pero en su mirada había algo diferente: ilusión.
La madre suspiró y dijo:
—Está bien, nos la llevamos.
Años después, aquel niño —convertido en músico— volvió a la tienda. Buscaba a Álex, pero él ya no trabajaba allí. Dejó una nota para él:
«Gracias por venderme algo más que una guitarra. Me vendiste un sueño.»