Cuando era pequeño, su padre le llevaba siempre al mismo lugar.
El aire allí era distinto. Más frío. Más limpio.
Un río ancho cruzaba el paisaje, lento, silencioso… como si guardara algo en su profundidad.
Él se quedaba en la orilla, mirando el agua oscura, intentando ver el fondo… sin conseguirlo.
—Algún día tendrás que cruzarlo —le decía su padre.
Él fruncía el ceño, buscaba a ambos lados… pero no había puente.
Pasaron los años. Y una tarde, sin esperarlo, volvió a ese mismo lugar. El cielo estaba cubierto. El viento movía suavemente la superficie del agua. Todo seguía igual. Pero esta vez estaba solo.
Se acercó despacio a la orilla. Miró el río. Y sintió lo mismo que de niño… esa mezcla de curiosidad y miedo que aprieta el pecho. Dio un paso atrás. Luego otro. “Aún no…”, pensó.
Pero entonces recordó algo.
No las palabras de su padre… sino la calma con la que las decía. Como si supiera algo que él todavía no entendía.
Cerró los ojos un instante.
Respiró.
Y avanzó.
El pie tocó el agua.
Fría. Pero firme.
Se quedó quieto un segundo. Luego dio otro paso. Y otro. El río seguía allí. Oscuro. Profundo. Inmenso. Pero algo había cambiado. Cada paso que daba… encontraba dónde apoyarse. Y sin darse cuenta, empezó a avanzar.
Tú también puedes caminar. Creo en ti. ¿Y tú? Si quieres reflexionar sobre quién eres… https://www.amazon.es/dp/B0GS7381F8
Imagina que eres un número uno mi querido/a lector/a.